
Mi amiga y compañera de trabajo, ilusiones y de otras tantas cosas… escribió un cuento dedicado a mi niña, me deja que lo publique aquí. Así que también retomo este espacio con ilusión … lo había dejado olvidado por esas cosas que tiene la vida…
La princesa y la alergia
Autora: Arpil Zorrozua
Publicado en Al·lèrgia.info, la revista de Immunitas Vera, asociación de alérgicos a alimentos y látex de Catalunya
Para Marina, la princesa-tigre
En un país lejano nació una princesa muy bella. Sus padres, los reyes, estaban tan felices con ella, que organizaron una fiesta maravillosa para celebrarlo: adornos, dulces, regalos…
Invitaron a todos los habitantes del reino, y entre ellos había tres ancianas sabias que tenían fama de curar el espíritu y el cuerpo de la gente. Estas mujeres quisieron regalar a la princesa su don más valioso: una opinión sobre su futuro basada en la observación de sus gestos y su piel.
La primera, viendo que la princesa aguantaba tranquila y sonriente las caricias y carantoñas de todos los súbditos, predijo que sería una mujer tolerante y feliz. Más tarde, la segunda colocó el chupete real sobre la mesa lejos de su alcance para ponerla a prueba. Tras pensarlo, la princesa tiró poco a poco del mantel hasta que consiguió recuperarlo.
-¡ Bien, será capaz de afrontar todos los problemas que le presente la vida!
La tercera sabia, sin embargo, parecía preocupada. La princesa no dejaba de rascarse y tenía algunas zonas de la piel bastante rojas. Se acercó al rey para preguntarle qué comía la niña. La respuesta era sencilla (seguro que todos la sabéis)… la princesa tomaba leche, como cualquier niño del pueblo.
La sabia, con gesto serio hizo venir a la reina y, cuando estaban todos juntos, les dijo:
- Sospecho que a su niña no le sienta bien la leche. Lo he visto en otros casos. Lo mejor será que deje de tomarla, mejorará su salud; más adelante ya veremos qué podemos hacer.
Los padres, que para algo eran los que mandaban en todo el país, se lo tomaron en serio: expulsaron del reino a todos los animales que daban leche (vacas, burras, ovejas, cabras…) y prohibieron la importación de productos lácteos. Todo el reino se quedó sin queso pero la princesa crecía tan bonita y dulce que no protestaba.
Cuando la princesa cumplió dos años, su madre, que había venido a este país desde uno mucho más lejano sólo para casarse, empezó a sentir una terrible nostalgia y a pasar horas mirando a lo lejos por la ventana. El rey, para animarla, envió a un mensajero para que le trajera los productos más sabrosos de su tierra; sabía que los olores y sabores de su tierra le devolverían la vitalidad.
Cuando llegó el cargamento de viandas, la reina bajó presurosa a la cocina (si, ella que no sabía ni donde estaba), cogió un cuchillo y un salchichón. Era digno de ver: ¡la reina con su traje de gala subiendo la escalera con un salchichón en una mano y un cuchillo en la otra mientras los criados corrían despavoridos en dirección contraria!
Sentada en su trono comenzó a partirlo y Bella (que así llamaban a la princesa) al verla comer con tal placer, le pidió un trozo. Tras comerlo, empezó a quejarse de picores en la boca y empezó a aparecerle alrededor una mancha roja con pequeños bultos blancos.
La reina conservó la sangre fría e hizo llamar a la sabia. Ésta la miró severamente y le preguntó
¿No os dije que no le dierais leche?
No ha entrado leche en el reino. Solo comió este embutido, y es pura carne, lo hacen en mi país.
Pues, o tiene leche o alguien lo ha envenenado y dado que a usted no le ha hecho daño a pesar de que se ha comido casi toda la barra, me inclino por lo primero.
Llamaron al mensajero y le preguntaron:
- Mensajero ¿Qué le da a este producto su sabor característico?
-Es un secreto, majestad, pero os lo diré. Son unos polvos que el veterinario llama proteína de leche.
No puedo deciros las barbaridades que dijo la reina. Debieron oírse hasta en aquel lejano país de la reina.
- Pero cómo es posible que no lo ponga en ningún sitio… Esto no puede quedar así…
Y empezó a recorrer el castillo llamando a gritos a los ministros:
- Acudan rápido, tengo órdenes que darles… no se escondan,…
Y allí mismo dictó una ley por la que los alimentos debían llevar una etiqueta en que tuviera escrito todo lo que contenía. No estuvo contenta hasta que vio que su orden se cumplía y de vez en cuando se acercaba de incógnito al mercado para comprobar que todos los productos estaban perfectamente etiquetados.
Y así, poniendo leyes donde se veían problemas, Bella creció sin volver a sufrir una reacción alérgica.
Pero un día, tendría unos 14 años, discutió con su madre por el vestido que se pondría en un baile (ella quería la falda más corta y un poquito de tacón). Se enfadó de tal manera que se escapó de palacio. Cabalgó tanto que llegó hasta la frontera cuando ya era de noche. Busco refugio en una cabaña donde vivía una pobre mujer que, apiadada de la joven, le ofreció todo lo que tenía: leche de cabra y pan.
Bella nunca había visto aquel brebaje blanco (os acordáis, ¿verdad?) y como no le pareció muy apetitoso, sólo tomó un sorbito por cortesía. Enseguida le picó la lengua, se llenó de manchas, lloraba y se asustó mucho. Sin descansar y olvidando su enfado volvió a palacio. Gracias a Dios, sus padres habían mandado caballeros a buscarla y cuando la encontraron la llevaron a su casa con rapidez.
Allí, la vieja sabia aplicó los remedios que conocía y se recuperó. Cuando despertó pidió ver a sus padres y con angustia en los ojos les preguntó:
- Por favor, ¿qué me pasa? Porque se transforma mi cuerpo y me duele… ¿Alguna bruja me ha echado un maleficio?
Los reyes se miraron a los ojos y descubrieron que habían cometido un error al ocultárselo y habían puesto en riesgo su salud.
Le contaron, por fin, que era alérgica, que cabía la posibilidad de que se curara pero que, por si acaso no lo hacía, debía ser responsable de su propia salud. La enviaron a vivir con la anciana sabia y con ella aprendió lo que era la leche y a distinguirla de otros líquidos que llamaban leche de avena o soja, a leer las etiquetas etc. tanto aprendió que se convirtió en la segunda mujer más lista del reino y Bella fue más feliz pues siempre se tiene más miedo de lo que se ignora
Y con el tiempo llegó el día en Bella quiso buscar un príncipe con quien casarse. Se presentaron en el patio de armas no menos de 1000 caballeros que habían oído hablar de su belleza y su sabiduría. Como aun no había televisión, solo sabían lo que cantaban los poetas que iban de corte en corte pero no quedaron defraudados. Bella se había cuidado tan bien que había crecido con una figura armoniosa y un cutis perfecto.
Cuando estaban todos reunidos en el patio de palacio el heraldo, el señor que toca una trompeta y grita (aun no había micrófonos) los mensajes al público, anunció:
“Señores príncipes.
Solo uno de vosotros será elegido por Bella para compartir su vida, por ello debe demostrar que es capaz de cumplir con todos los requisitos que eso exige. Deberéis pasar tres pruebas:
1º Para demostrar vuestro valor tendréis que vencer a un dragón. “
Todos gritaron satisfechos, porque esa prueba la tenían muy ensayada.
“2º Conquistaréis una fortaleza”
y todos cogieron sus armas, dispuestos a salir corriendo en busca de fortalezas que conquistar.
“Y por último, añadió la princesa, cocinaréis para mí un pastel sin leche.”
Al oír aquello todos los caballeros fueron saliendo del patio del castillo, avergonzados de haber sido vencido en una prueba tan simple. Todos menos uno que había llegado allí sin lanza ni escudo, armado solo de su inteligencia.
La princesa estaba intrigada y le preguntó:
¿Eres alérgico y por eso sabes cocinarlo?
No, princesa, pero desde que me propuse casarme contigo he dedicado mi vida a aprender como podría hacerte feliz.
La princesa se prendó al instante de aquel hombre capaz de solucionar los obstáculos de la vida diaria con amor y lo eligió sin dudar como su marido.
Y fueron felices por siempre jamás, cumpliendo la profecía de la primera anciana cuando anunció que Bella sería capaz de salir victoriosa de todos los retos que la vida le había puesto .