La naturaleza nos impone sus condiciones y aunque parece que nadie puede escapar de sus dictados, nos empeñamos en burlarlos buscando permanentemente estrategias para salir adelante incluso en condiciones adversas. Si hace frío construimos casas y fabricamos abrigos, si nos agobia el calor inventamos los helados y las siestas a la sombra.
En ocasiones, la solución no es tan sencilla porque nuestro organismo nos obliga a seguir una dieta estricta: los lobos comen niñas y algunos niños son alérgicos. Pero ¿y si las cosas no fueran siempre tan aburridas?
Ésta es la historia de tres personajes que convierten una jugarreta de la naturaleza en una ocasión para desarrollar la convivencia armoniosa y enriquecedora.

El lobo, la abuelita y botitas rojas. Para Amama y Maddi, mis heroínas
Autora: Arpil Zorrozua
Había una vez una niña que tenía una abuelita fantástica. Las dos se parecían mucho: tenían una delicada piel de porcelana, ojos azules y pelo rubio, aunque el de la abuelita se había vuelto blanco, un cabello blanco por cada nueva pizca de sabiduría adquirida en la vida.
También tenían en común algo más peculiar, la niña era alérgica al pescado y la abuelita tenía que huir de ácaros y olivos. Por eso se había ido a vivir al bosque, donde los únicos ruidos eran los de los animales que acudían a compartir su pan y a disfrutar de la belleza de las flores que cultivaba.
La niña, en cambio, vivía en la ciudad porque allí trabajaba su madre. Jugaba en el equipo de fútbol de su escuela, y la llamaban botitas rojas porque de ese color eran las botas que usaba para ser la portera.
Le encantaba ir al bosque de visita porque era el paraíso, era la comida y los mimos de la abuelita y compartir con ella la pasión por los animales. También era un placer el paseo hasta allí porque podía chutar todas las piedras del camino, con tanta habilidad que alguna ardilla tenía que esconderse para evitar la involuntaria pedrada.
Un día como tantos, su madre le mandó que llevara unas cosas a la abuelita (a botitas rojas le hacía mucha gracia pensar que la divertida abuelita era la madre de su madre, a veces tan gruñona).
-Llévale este pantalón corto para que te lo arregle, además me ha dicho que te ha preparado tu plato favorito.
La madre no estaba preocupada por los animales peligrosos del bosque, pero le recordó que no debía comer ningún fruto silvestre, por muy apetecible que pareciese…la alergia, ya se sabe.
Y allá fue ella, chutando piedras, mirando volar los pájaros y recogiendo semillas para el jardín del bosque.
En mitad del camino se encontró con el lobo que, inquieto, se dio cuenta de que no podría comerse a la niña allí, porque todos los animales estaban mirando.
-”Cáspita, pensó, tendré que esperar hasta que esté dentro de su casa.”
-Hola bonita, ten cuidado que parece que va a llover (le dijo para despistar)
-Tranquilo, enseguida llego a casa.
-Adiós…
Cuando se separó de ella cogió un atajo y llego primero a la casa de la abuelita.
-Toc, toc.
-Quien es
-Soy botitas rojas, abuelita.
-Pasa, pasa, estoy en la cocina.
El lobo pasó y de un solo bocado, sin darle tiempo a la abuela de reaccionar, se la comió con el cucharón de servir y todo.
Justo entonces llego la niña y se encontró al lobo tumbado en el suelo y sin poder respirar. Inmediatamente se dio cuenta de lo que pasaba: tenía una reacción alérgica. Buscó en el botiquín de la abuela la medicina que siempre tenía para estos casos y se la dio.
Con los gritos llegó el leñador del pueblo, que con el cuchillo jamonero de la cocina le abrió la tripa y le sacó a la abuela de dentro “el cucharón sin embargo se quedó atascado”.
La abuelita, como todo había sido tan rápido casi no se había dado cuenta de nada. Se levanto, probó el guisó y lo ajustó de sal ; sin parar, cogió una aguja y cosió al lobo con cuidado.
Ya recuperado, llamaron a una ambulancia que llevó al lobo al hospital de los veterinarios. Le hicieron pruebas y cuando supieron lo que ocurría, reunieron al lobo, la abuelita y a botitas rojas. El veterinario -alergólogo les dijo:
-Señor Lobo, es usted alérgico a las abuelitas y a los humanos en general. De ahora en adelante debe eliminarlos ABSOLUTAMENTE de su dieta, no puede ni chuparlos un poquito.
El lobo se llevó un terrible disgusto ¿qué iba a hacer?, ¿qué iba a comer?. Menos mal que la abuelita , con su cabeza tan blanca, encontró la solución.
- Puedes hacerte vegetariano. Yo te prepararé platos ricos.
Y ahora los tres se reúnen para merendar ensaladas de frutas con infusión de regaliz. El lobo está de mejor humor, botitas rojas ha encontrado un compañero para jugar partidos y la abuelita, que cultiva hortalizas junto a las flores, está pensando en publicar sus recetas especiales para lobos inteligentes.
Arpil Zorrozua.
Fundadora de Elikalte, asociación vasca de alergias alimentarias
Cuento publicado en Al·lergia.info, la revista de Immunitas Vera, asociación de alérgicos a alimentos y làtex de Catalunya




